jueves, 3 de noviembre de 2011

La asfixiante “Educación para la Ciudadanía”

Por Luis Sánchez de Movellán de la Riva. Doctor en Derecho. Director de la Vniversitas CEU Senioribvs.
  
La controvertida, manipuladora y totalitaria asignatura de “Educación para la Ciudadanía” la ha introducido, de forma antidemocrática, el gobierno sectario y radicalsocialista del maestro Rodríguez Zapatero. La asignatura se ha desarrollado en España en medio de una gran polémica social y con la oposición de gran número de padres que no están dispuestos a que sus hijos sean adoctrinados en nefandas prácticas o en la bobada progre de la ideología de género. 
   
La idea nuclear de la “Educación para la Ciudadanía” ha sido importada de Europa por diversas sugerencias masónicas y viene a insertarse en la tendencia interesada en confundir el Estado aconfesional o laico con el Estado militantemente laicista. El Estado, en la concepción totalitaria del radicalsocialismo, es un ente moral que tiene el deber de adoctrinar y “educar” al ciudadano. Y éste, en virtud del principio liberal de autonomía de la voluntad, tiene el deber de oponerse con decisión, de resistirse fuertemente a la tiranía emanada del Estado ontologizado.
   
Siguiendo al gran pensador cristiano, Jacques Maritain, podemos decir que una democracia auténtica no puede imponer a sus ciudadanos, como condición de su pertenencia a la ciudad, un determinado credo filosófico o religioso. El filósofo francés pensaba que la fe secular democrática o credo temporal que se encuentra en la raíz de la vida en común, no es teórico o dogmático, sino puramente práctico. Es decir, formado por una serie de conclusiones o puntos de convergencia prácticos, a modo de código de moralidad política y social, ínsito en el pacto fundamental de una sociedad de hombres libres. Y, el cual, debe diferenciarse de las justificaciones teóricas o concepciones filosóficas o religiosas del mundo, sobre las que cada cual fundamenta esas convicciones prácticas. En definitiva, el Estado, para Maritain, sí puede velar a través de la educación por la enseñanza de la carta común, pero no imponer un credo religioso o filosófico que se presente como la única justificación posible de esa carta práctica.
  
Cuando el Estado reclama para sí una función ética, aunque ya no sea bajo el ropaje de lo sagrado como en la Antigüedad, sino bajo la autoridad ideológica de la era postmoderna, el Estado deviene en totalitario. Se convierte en un Estado-tirano al que se puede legítimamente oponer el derecho de resistencia. Pues como dijera, en una de sus ilustrativas Sentencias, el Tribunal Supremo de los Estados Unidos de América: “Si hay alguna estrella inamovible en nuestra constelación constitucional es que ninguna autoridad pública, tenga la jerarquía que tenga, puede prescribir lo que sea ortodoxo en política, religión, nacionalismo u otros posibles ámbitos de la opinión de los ciudadanos, ni obligarles a manifestar su fe o creencia en dicha ortodoxia, ya sea de palabra o con gestos”.
 

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Se agradecen los comentarios